Las horas pasaban con la mirada perdida en el horizonte, repasando lecturas, vivencias y expectativas. Claudio repasaba el vino de su copa, mientras pensaba en la ciudad como origen y destino de sentimientos invisibles...

jueves, 20 de marzo de 2014

Entre tú y yo

Ya no sé si son miles de palabras repetidas. Poco importa. Ni tampoco, si nuestros oídos estallan, mientras alzamos los brazos, con los puños siempre en alto, intentando conseguir a dentellas un jirón que robarle a la primavera. Estamos tan cerca y tan lejos que ya somos inseparables. Recorro la geografía invisible de las letras donde siempre me perdí para comprender, ahora, a tu lado, su verdadero fin último. No son palabras vacías porque me haces vivir cada día en un poema infinito y la imaginación ahora es más grande de lo que fue, pues algún día cercano será más realidad de la que ya es. Corremos sobre la espuma de una ola que se rompe a nuestro paso. Y somos tres.

Entre tú y yo nos separa un universo, el mismo que nos une y nos abraza en silencio, cuando la noche arrecia, cuando no nos miran y te susurro mil secretos y promesas que no se desvanecen en nuestro pequeño mundo. No somos más que los demás, pero ellos quedan fuera de nosotros. Y somos tres.


Ahora, al verte con esos ojos con que hace tanto miraba al cielo, solo te pido una sonrisa, que vengas con la primavera arrebatándote la mirada de esos abriles que nos aguardan. Que sepas que la palabra es tu arma, la que nadie te arrebata, la que es tuya, aunque solo la escuches en tu propio silencio. Ahora que corremos sobre los días azules es nuestra. Y somos tres. Un caudal de recuerdos que reposarán en el fondo de nuestro equipaje y que encontrarás, por sorpresa, una tarde de domingo como aquella misma en que tú me lo descubriste y fui tuyo siempre. Cada instante que eres me haces ser más a mí.

sábado, 8 de marzo de 2014

Toda la vida

                                                                                                                        “A Jose, que sabe que
                         Él todo lo puede”.

Fue otra época, un lapso demasiado cercano en el tiempo como para llamarlo pasado; un intervalo emocional –tan distante y cercano- que mira al futuro y al origen bajo la luz perpetua del recuerdo. Fueron otros días. Los ojos se abalanzaban al calor piramidal de magnos altares que parecían bajados del propio orbe celeste, que parecían encarnar la belleza intacta de la perfección. Fueron otros días. Los mismos ojos, las mismas manos, apretando los dientes y congelando el hálito en un instante eterno.

La Semana Santa edificaba sus cimientos argentos en las tardes languidecientes del verano. Desde la Asunción al Socorro, de la Pastora a la Fuensanta, la piel se convertía en una geografía que recorría el occidente que se amparaba eterno en el rostro de María. Bajo su manto, bajo su haz áureo, las pupilas buscaban más allá de la nostalgia y, durante una fracción de tiempo, nos evadíamos de cualquier lugar donde estuviéramos, mientras las ideas ajustaban la tarde de un Domingo de Ramos, de un Viernes Santo, camuflados entre las sombras de la noche que albergaba a su antojo parco la procesión eterna.

Pero ese fue el final de un trayecto mágico que comenzó un año atrás. En aquel instante, todo pareció detenerse ante su mirada. Aquella talla, no era madera, no era obra. Aquellas manos que se agarraban más fuerte a la Cruz, casi, parecían clavar su dolor en las mías. Y, allí, tan lejos y tan cerca de mi casa, supe que me había estado esperando toda la vida.

Tras la conmoción vino la calma, la luz nuclear de cada mañana. Luego los libros, las Imágenes, la biografía y el silencio en forma de Dios que nos legó Juan de Mesa. Acudieron mil preguntas, mil respuestas sin contestar que –tanto y tan poco, después- aun hoy me siguen acechando. Pero los días no detienen su cadencia infinita y la Madrugá del Viernes Santo acechó de nuevo y sentí que era la primera del resto de mi vida. De aquella noche solo recuerdo la penumbra mística de la basílica que se rendía y se remataba en Él. Tenía 28 años y me sentía como cuando cumplí los cinco y me vestí la primera vez. Aquella noche me desnudó el alma para siempre y me regaló su recuerdo imborrable, mientras susurraba para mí su nombre como un niño, Jesús del Gran Poder.


Escrito por Blas Jesús Muñoz, para http://gentedepaz1940.blogspot.com.es


jueves, 6 de marzo de 2014

De soles y fuego

Casi parecen tan lejanos los días de soles y fuego como, si la vida, ya no regresase a su latido célebre, aunque la tibieza del mediodía quiera renacerla igual que una reviviscencia. Atrás quedaron las orillas desiertas del deseo, de otro mar audible solo para nosotros con miles de olas, con la espuma golpeándonos la sien que aun era tersa, con atardeceres infinitos de los que ya perdimos la cuenta. Apenas susurran los recuerdos en el brillo de la infancia en la que rebusco ilusiones encontradas para entregarte y de las que ya he perdido la cuenta. Y sueñan los tejados con noches de café y luna, de aullidos sobre el papel agitado que esconde y aguarda las mejores historias que nunca serán escritas. Y sueña la tarde con amplias avenidas que prometen el futuro incierto que siempre se guarda una promesa, como un as, como una ráfaga bergamota que resiste en las pupilas dilatadas. Y escuchamos canciones, tantas que perdimos la cuenta, que sostienen la impaciencia mientras expresan su melodía como una verdad abrazada de vida. Y pierdo una y mil veces esa cuenta de tus días, de todo lo que pienso como un rayo que no cesa, como una niñez abierta en el baúl de mi memoria. Y te digo que te quiero y no sé si es mi voz, si me retumba en el pecho, si me escapa de la piel en una transpiración imposible. Entonces, te intuyo dentro de mí, en todos mis quehaceres y veo tu cara, las miradas que aún no nos hemos dedicado. Vuelvo a perder la cuenta… Siento que ya te tengo.

domingo, 2 de marzo de 2014

Horas que susurran

La Semana Santa está empezando. Los días, los surcos en la piel se agrietan en un pliego más cuando se encuentran con el tiempo que los hace revivir. Como en un oficio prendido de otros saberes, los resortes se activan en mitad justo del invierno, como un presagio, como una esperanza certera que apunta a las ascuas ocultas, tras un incendio que alentará nuestras miradas prestas siempre del asombro. No habrá palabras que puedan explicarlo. Habrá gestos, esfuerzos y expectativas. No habrá días que se marquen en el calendario porque –como escribe mi hermano Enrique-, bajo el atrio de los gentiles cruzaremos el umbral invisible –intangible- de la fe que se vive cuando las noches aceleran el pulso de su acontecer. No quedarán abrazos, sino miradas que se cruzan cada noche; no cuando se conforman altares, se planchan túnicas, se visten dalmáticas, se afana el incienso, se repasa la cera o se conforman candelerías; sí, cuando en silencio se dispone cada pieza como si fuera la única, cuando la arpillera regresa a su armario al borde de la madrugada y las aristas de la piel nos recuerdan el esfuerzo saltado sobre el alma que se arroba y rebusca certezas invisibles, pero que nos golpean los sentidos, las manos extendidas, el pecho que parece muy pequeño…
 

Cualquier tarde de domingo nos alcanza y desnuda nuestro acervo en la linde exacta de otro mundo porque parece tan distinto y lejano al de hace apenas unas semanas. La Semana Santa está empezando, antes de su Cuaresma, antes de que nos apercibamos de que se forma mucho antes de que podamos sentirla, verla, olerla, prendernos de ella en su penúltimo capítulo, en la vuelta de cualquier esquina y el paso apenas parece detenerse en el tiempo y Dios nos mira a la cara para suspirar nuestro nombre en las puertas de nuestra ánima expuesta y donada a Él. Ahora, en la mañana de un día de febrero, ya sabemos que no es un domingo más, que los momentos llegaron. Son las horas que susurran nuestra vida.


Publicado en http://hermandadsantosepulcrocordoba.blogspot.com.es
Foto. Jesús Ruiz "Gitanito"