Las horas pasaban con la mirada perdida en el horizonte, repasando lecturas, vivencias y expectativas. Claudio repasaba el vino de su copa, mientras pensaba en la ciudad como origen y destino de sentimientos invisibles...

domingo, 17 de julio de 2011

Esperando la coronación


Por la geografía se eleva, como una plegaria al viento, una forma singular de sentir la fe. Por los puertos del alma, por el mar infinito del espíritu, la noche comienza a caminar entre el rito sobrevenido de lo que fue, de cuanto se repitió y, a la vez, siempre fue distinto. La Salve se reiteró en los altares efímeros, alumbrados por una tibia luna que parece acariciar el rostro sereno de Nuestra Señora; la misma a la que se mira desde las aceras perplejas del instante, a la que se canta desde las melodías perennes de Gámez, Braña o Morales.

Desde las puertas del convento de San José parecía adivinarse la víspera; parecían contarse los meses, las semanas, los días, las horas, los minutos y segundos que restan para su coronación; casi se tocaba la ilusión contenida del tiempo trabajado para cuando se produzca el instante –casi mágico- en que Nuestra Señora del Carmen sea coronada.

Y, de ese modo, entre el anhelo sutil y silente de cuanto aguarda, la Virgen del Carmen se encontraba con su cita anual con la ciudad. Por San Cayetano, Santa Marina y san Agustín, una vez más, la urbe cambiaba su fisionomía para atestiguar su verdadero secreto, ese que se susurra al paso de sus cortejos procesionales o –tras las imponentes fachadas de los oratorios- cuando el culto se hace liturgia y la religión de sus habitantes se encuentra en el poso particular de la propia alma, de aquello que no contamos porque apenas podemos definirlo más allá de la palabra fe.

Luego, la crónica repetida; los recuerdos y sensaciones que se guardan en el placard de otro verano más que la vio; las notas del himno que compusiera Luis Bedmar flotando por la cuesta como si la salida se repitiera una y mil veces en la memoria. La procesión concluye y ya no resta más que la vigilia del momento esperado. La próxima vez que la veamos irá camino de la Catedral a su cita con la historia.

Fuente: www.hermandadesdecordoba.com

domingo, 10 de julio de 2011

Impresiones Cordobesas


Suena la música y se abre la emoción de una expectativa. Suena la música y la mente se pierde en horizontes tan distintos y cercanos como los de los sueños de la infancia, la ilusión de la niñez devuelta en una pieza de, poco más, de tres minutos. Suena la música, la que alcanza lo profundo, y la composición reverbera en la perfección con que la escuchamos sin preocuparnos en cómo está escrita o cuántos borrones se dejaron a sucio sobre el pentagrama. Suena en el reproductor y casi pensamos que sale de un viejo transistor que resistió a la tecnología porque los acordes, alineados en su mística singular, siempre sobreviven a la condena del tiempo.

Lucena, Martínez Rücker, Beigbeder, los Font, Goméz Zarzuela, López Farfán… forman una estirpe de rostros anónimos, de sinfonías que se encuentran en un sustrato invisible más allá de la piel, y que forman un camino que recorren los siglos diecinueve y veinte para concluir en Braña, Morales, de la Vega o Gámez. Y, precisamente, Pedro Gámez Laserna –aunque nos desviemos del mero orden cronológico- constituye un cenit en la música popular cordobesa.

Popular y no sólo procesional, porque en Córdoba, además de la marcha oficiosa de la ciudad, ideó sus Impresiones armónicas de la urbe e, incluso, una copla a La Virgen de los Faroles que hace apenas unos días pudo escucharse en el Círculo de la Amistad. Un concierto, dirigido por Francisco Javier Gutiérrez Juan, que puso una vez más de manifiesto la importancia que los cofrades otorgan a la música, como medio, pero –y sobre todo- como fin para alcanzar y atesorar aquello que los convencionalismos denominan cultura.

Pedro Gámez se ha convertido en uno de los emblemas musicales de la Córdoba del último medio siglo. Un abanderado que, como tantos otros –dígase José de la Vega, por ejemplo-, necesitó de la inexplicable distancia del tiempo para ser reconocido, aplaudido, aclamado y reivindicado. Alguien me dijo una vez que la música es una de las artes mayores porque es capaz de transportarnos hacia Dios. Y no le faltaba razón porque en cualquier concierto bien ejecutado, en cualquier templo, con cualquiera de las obras mayores, adornan con su carácter sublime lo eterno. Pedro Gámez consiguió esa difícil cualidad, pero también a través de sus composiciones fue capaz de vencer a la realidad y conducirnos a un universo donde todo es posible y donde abandonarse a sensaciones que, por cercanas, nunca se han vivido.

miércoles, 6 de julio de 2011

Iglesias de Córdoba

Entendemos la ciudad en su forma material, espiritual y metafísica. Desde el aspecto formal que la conforma hasta el sancta santorum que guarda en su entraña misma, tras los altares donde se erigen arquitecturas que transitan desde el neobarroco a las formas romanas que recuerdan a los mausoleos de Bernini.

Entendemos que una ciudad va más allá del mero entramado urbano, que se encuentra en su historia y que, parte esencial de ella, está en sus templos religiosos. Si tuviésemos que realizar una definición de Córdoba, por extensión y complejidad, nos ocuparía bastantes entradas de este blog y habríamos de consultar no sólo a expertos en la materia, sino también a quienes son parte de la misma. 

Sin embargo, una fragmento imprescindible de la explicación de sí misma se encuentra en los oratorios y capillas que se distribuyen por la urbe como testigos privilegiados de su pasado, presente y futuro. Desde la Catedral a las parroquias de construcción contemporánea, Juan José Primo Jurado recorre en "Iglesias de Córdoba" el alma de una ciudad que se expresa en la profesión de fe que llega hasta nuestros días y que él -uno de los autores actuales imprescindibles para conocer la historia viva de la capital del Guadalquivir- ha sabido captar en esta obra necesaria para cuantos queremos ahondar en el espíritu guardado de aquello que entendemos por ciudad.