Las horas pasaban con la mirada perdida en el horizonte, repasando lecturas, vivencias y expectativas. Claudio repasaba el vino de su copa, mientras pensaba en la ciudad como origen y destino de sentimientos invisibles...

viernes, 9 de septiembre de 2011

En tus manos


Quizá fue en una noche tibia, cuando la primavera nos abrazaba, sin ser plenamente conscientes de lo que la vida esperaba de nosotros. Quizá fue esa fugaz luna de mayo, siempre mayo, que nos miraba como nunca lo había hecho antes; como siempre quiso y sólo se atrevió a susurrarlo. Porque los besos se susurran al oído y se presienten en el tacto frío de las horas que dejamos pasar como parte de nuestra historia inacabada. Siempre pendiente de un nuevo capítulo.

Por las calles se dibujaban otros días. En el blanco y negro de otro tiempo, de otra devoción que nunca se rompió del todo. Desde el Santuario a Ordoño Álvarez no se intuían los acordes y boatos de una procesión ritual, sino la vida que renace el ocho, el día de la Natividad de María. Nuestra Señora de la Fuensanta volvía a su barrio, a la ciudad de la que es patrona, a las cofradías que guarda, y no por una fecha señalada, por la más señalada que es la suya propia. Ya no había que aguardarse tras los muros, sino romper con su Salve la mañana, con su himno la plaza, con su desfile la urbe a la que se mostró hace ya seis siglos.

En las manos no sólo había campanitas, sino el cosquilleo sutil de los días que estuvimos esperando; el roce terso de la piel que se tensa en un instante definitivo; la caricia suave de la mañana en que nos encontramos; el rumor de nuestras yemas arrullando el halo invisible de un amor perdido y reencontrado; las líneas de nuestro destino predicho en cada palma como un augurio imposible. Y, en tus manos, algo tan sencillo y grande como la caricia de este ocho de septiembre.


Fuente: www.hermandadesdecordoba.com

domingo, 17 de julio de 2011

Esperando la coronación


Por la geografía se eleva, como una plegaria al viento, una forma singular de sentir la fe. Por los puertos del alma, por el mar infinito del espíritu, la noche comienza a caminar entre el rito sobrevenido de lo que fue, de cuanto se repitió y, a la vez, siempre fue distinto. La Salve se reiteró en los altares efímeros, alumbrados por una tibia luna que parece acariciar el rostro sereno de Nuestra Señora; la misma a la que se mira desde las aceras perplejas del instante, a la que se canta desde las melodías perennes de Gámez, Braña o Morales.

Desde las puertas del convento de San José parecía adivinarse la víspera; parecían contarse los meses, las semanas, los días, las horas, los minutos y segundos que restan para su coronación; casi se tocaba la ilusión contenida del tiempo trabajado para cuando se produzca el instante –casi mágico- en que Nuestra Señora del Carmen sea coronada.

Y, de ese modo, entre el anhelo sutil y silente de cuanto aguarda, la Virgen del Carmen se encontraba con su cita anual con la ciudad. Por San Cayetano, Santa Marina y san Agustín, una vez más, la urbe cambiaba su fisionomía para atestiguar su verdadero secreto, ese que se susurra al paso de sus cortejos procesionales o –tras las imponentes fachadas de los oratorios- cuando el culto se hace liturgia y la religión de sus habitantes se encuentra en el poso particular de la propia alma, de aquello que no contamos porque apenas podemos definirlo más allá de la palabra fe.

Luego, la crónica repetida; los recuerdos y sensaciones que se guardan en el placard de otro verano más que la vio; las notas del himno que compusiera Luis Bedmar flotando por la cuesta como si la salida se repitiera una y mil veces en la memoria. La procesión concluye y ya no resta más que la vigilia del momento esperado. La próxima vez que la veamos irá camino de la Catedral a su cita con la historia.

Fuente: www.hermandadesdecordoba.com

domingo, 10 de julio de 2011

Impresiones Cordobesas


Suena la música y se abre la emoción de una expectativa. Suena la música y la mente se pierde en horizontes tan distintos y cercanos como los de los sueños de la infancia, la ilusión de la niñez devuelta en una pieza de, poco más, de tres minutos. Suena la música, la que alcanza lo profundo, y la composición reverbera en la perfección con que la escuchamos sin preocuparnos en cómo está escrita o cuántos borrones se dejaron a sucio sobre el pentagrama. Suena en el reproductor y casi pensamos que sale de un viejo transistor que resistió a la tecnología porque los acordes, alineados en su mística singular, siempre sobreviven a la condena del tiempo.

Lucena, Martínez Rücker, Beigbeder, los Font, Goméz Zarzuela, López Farfán… forman una estirpe de rostros anónimos, de sinfonías que se encuentran en un sustrato invisible más allá de la piel, y que forman un camino que recorren los siglos diecinueve y veinte para concluir en Braña, Morales, de la Vega o Gámez. Y, precisamente, Pedro Gámez Laserna –aunque nos desviemos del mero orden cronológico- constituye un cenit en la música popular cordobesa.

Popular y no sólo procesional, porque en Córdoba, además de la marcha oficiosa de la ciudad, ideó sus Impresiones armónicas de la urbe e, incluso, una copla a La Virgen de los Faroles que hace apenas unos días pudo escucharse en el Círculo de la Amistad. Un concierto, dirigido por Francisco Javier Gutiérrez Juan, que puso una vez más de manifiesto la importancia que los cofrades otorgan a la música, como medio, pero –y sobre todo- como fin para alcanzar y atesorar aquello que los convencionalismos denominan cultura.

Pedro Gámez se ha convertido en uno de los emblemas musicales de la Córdoba del último medio siglo. Un abanderado que, como tantos otros –dígase José de la Vega, por ejemplo-, necesitó de la inexplicable distancia del tiempo para ser reconocido, aplaudido, aclamado y reivindicado. Alguien me dijo una vez que la música es una de las artes mayores porque es capaz de transportarnos hacia Dios. Y no le faltaba razón porque en cualquier concierto bien ejecutado, en cualquier templo, con cualquiera de las obras mayores, adornan con su carácter sublime lo eterno. Pedro Gámez consiguió esa difícil cualidad, pero también a través de sus composiciones fue capaz de vencer a la realidad y conducirnos a un universo donde todo es posible y donde abandonarse a sensaciones que, por cercanas, nunca se han vivido.

miércoles, 6 de julio de 2011

Iglesias de Córdoba

Entendemos la ciudad en su forma material, espiritual y metafísica. Desde el aspecto formal que la conforma hasta el sancta santorum que guarda en su entraña misma, tras los altares donde se erigen arquitecturas que transitan desde el neobarroco a las formas romanas que recuerdan a los mausoleos de Bernini.

Entendemos que una ciudad va más allá del mero entramado urbano, que se encuentra en su historia y que, parte esencial de ella, está en sus templos religiosos. Si tuviésemos que realizar una definición de Córdoba, por extensión y complejidad, nos ocuparía bastantes entradas de este blog y habríamos de consultar no sólo a expertos en la materia, sino también a quienes son parte de la misma. 

Sin embargo, una fragmento imprescindible de la explicación de sí misma se encuentra en los oratorios y capillas que se distribuyen por la urbe como testigos privilegiados de su pasado, presente y futuro. Desde la Catedral a las parroquias de construcción contemporánea, Juan José Primo Jurado recorre en "Iglesias de Córdoba" el alma de una ciudad que se expresa en la profesión de fe que llega hasta nuestros días y que él -uno de los autores actuales imprescindibles para conocer la historia viva de la capital del Guadalquivir- ha sabido captar en esta obra necesaria para cuantos queremos ahondar en el espíritu guardado de aquello que entendemos por ciudad.

martes, 28 de junio de 2011

La ciudad en sí misma


Una generación invisible conforma el glosario de nombres y sensaciones que dan forma a lo que llamamos ciudad. La patria invisible que, sin más frontera que sus calles, nos vio nacer o crecer en ella, alejada de cualquier pretensión distinta que la de ser una ínfima parte de su recorrido espiritual por el tiempo, eso que –como una convención pactada- llamamos historia. El reino perdido de los atardeceres de la infancia -desarrollados en el escenario imperial del pavimento, conformado por cantos y sillares, por muros macilentos, por torres que, ante aquellos ojos que apenas descubrían-, parecía rasgar el azul celeste de la imaginación arrollador.

Siempre fue un amor platónico porque, desde su escena inconmensurable, no se podía asir ni retener y –mucho menos- entenderla más allá de una mínima fracción de tiempo y espacio. Una punzada hosca se alojaba en mitad del pecho e imaginaba otra fisonomía distinta de la vida cotidiana que la vio erguirse durante siglos infinitos.

Junto a la efigie del Arcángel, a mitad del puente que la vio construirse, observando el trazo de la basílica de San Vicente que fue Mezquita y es Catedral, su silueta se encarnaba en miles de años delineados al paso de la angostura melancólica de las calles con dinteles olvidados, con mármoles que la elevaron como la ciudad de los poetas, con sacristías que la entronizaban en el secreto oscuro de las noches.

Quizá nació en primavera o en un nocturno de agosto. Tal vez, Marco –mientras repasaba su cáliz- jamás pudo imaginar cuanto restaba por suceder o, quién sabe si también padeció esa punzada brutal de la certeza. Y puede ser que un premio no sea más que el reconocimiento de la obviedad, pero –tras demasiado tiempo- la ciudad ha vuelto a recuperar la ilusión de sí misma, a reflejarse en su propio propósito existencial y ese ensueño vale parte de lo que fue. Aunque lo relevante es lo que vendrá porque es lo que la hará aun más eterna, por más que otra digan que lo sea, Córdoba es su propia capital y la cultura su esencia misma.