Las horas pasaban con la mirada perdida en el horizonte, repasando lecturas, vivencias y expectativas. Claudio repasaba el vino de su copa, mientras pensaba en la ciudad como origen y destino de sentimientos invisibles...

lunes, 11 de abril de 2011

Domingo de Pasión

La ciudad ya ha despertado de su letargo. Por sus paredes, encaladas por otro tiempo, se desgranan los suspiros que se le ganan a la vida. Las espadañas parecen más altas; los capiteles que Claudio mandara construir, más romanos; los arcos islámicos quisieran confluir en la capilla por donde transitarán las cofradías. No hay azahar en la memoria porque ya vivimos en el presente, en los días donde refugiamos las esperanzas perdidas.

Aún no palpita la cera en las manos, pero sí los sentidos que ven en la ciudad su principio y ocaso; aún es pronto para escuchar su rumor perpetuo, su mirada atávica, su abrazo tibio, su beso apasionado. Pero hay una certeza cuando la miras porque sabes que ha vuelto; porque nunca se irá mientras la mires y la sufras; porque ¡está ahí!, esperándote tras una esquina, proclamada desde los atriles del alma donde Luis o Mateo declaman que ya es Semana Santa.

El Domingo de Pasión ya ha exhalado su premonición decisiva. En los altares ha retumbado la premisa, de eco difuso de tambor ronco, que nos empuja al siguiente Domingo y nos arrollará con su caudal de instantes. El Hijo ya aguarda en la urna que en doce días contemplará la ciudad que ensoñaron Fresneda, Siuri o Trevilla, que, en apenas cuatro, la verá desde su Imagen invicta que nos enfrenta a la realidad de la Síndone. Desde el Hospital de Agudos al Alcázar, desde cualquier patio hasta la Iglesia-Hospital de Jesús Nazareno, la piedra, los muros y las aceras se manejan por la arquitectura distinta del mundo sutil que nos atrapa.

Ya es Lunes de Pasión y sólo restan un manojo de horas para que todo se cumpla. La víspera se agota y la apuramos, como un cáliz agridulce, sabedores de que la ilusión de las últimas semanas se agota para que, la definitiva, se repose cuando la luz se refleje en nuestra mirada cansada.

domingo, 10 de abril de 2011

Las estampas del alma


 Foto. Roldán Serrano

“Tú, la de entonces, sí que eres la misma. A tu alrededor ha ido pasando la vida, negando certezas y confirmando esperanzas, pero desde aquella noche de abril Tú no has cambiado.” Los segundos se vierten grano a grano en un reloj de arena que tensa la espera como un desierto. En las filas las butacas están vacías; el telón no se ha izado; el atril está frío; las pastas, con la firma de Juan de Mesa, aguardan el momento en que la palabra sea la única protagonista, como fin y principio de cuánto somos.

Y la arquitectura efímera del teatro se construye en apenas unos minutos que apenas se perciben, después de tanta espera. Virgen de las Angustias retumba en las plateas como si Enrique Báez acabara de componerla. Las palabras de Antonio Varo dan paso al pregonero, en esa suerte desigual que proyecta el desenlace de esa víspera que cambia cuatro meses de una vida; “sobre todo nos une el amor a Córdoba, a la de verdad, no a la de los tópicos, y especialmente el amor a su Semana Santa, también a la de verdad, a la que queremos que llegue a ser, pero que todavía no es y no sabemos si alguna vez llegará a ser (…).Luis, tú verás más lejos que yo, lo estás viendo ya, el futuro de Córdoba, de la Semana Santa y de las cofradías. De momento, tienes la palabra para decirle a esta ciudad lo que piensas y lo que sientes de ellas y con ellas. Estamos impacientes por oírte.”

Las líneas recorren el idilio que, mal que nos pese, corroe con su veneno las arterias y se cuela por cada poro, dando forma a lo intangible. “En el álbum del alma hay estampas que huelen//y sonidos que visten la tarde de colores.//Por claustro de naranjos en tarde que se apaga,//al compás que derrota la gravedad y el peso,//la Virgen se hace lumbre de fuego y de armonía”. Las estampas se agolpan en los oídos. Y la grandeza del cielo y la luna, tan distintas en esa noche en que nuestra soledad se proyecta en la voz del pregonero, se congratulan con los mundos sutiles que se hilvanan en cada pespunte que traza el patrón infalible del pregón. “Bendito sea Dios, evocado en el aire por la música que tantas veces parece querer arrancarnos del tiempo en que estamos presos y prometernos una eternidad de dicha.”

El asombro, el instante, las manos a punto de temblar, las miradas, los recuerdos, la foto, el pentagrama, las líneas que se entrecruzan entre sorbos dolientes de Semana Santa recorren la declamación ritual que –la mayor de las veces- se cumple solo una vez. “Por otros ojos sueño el momento en que llega esa mano agarrada a la cruz y después la mirada caída que siempre pensé a punto de llorar.// Y a lo mejor, con un poco de suerte, que el paso se pare y hacer eterno el encuentro con tus ojos, pensar si es amargura o aflicción o cansancio lo que te tira en la tierra y lo que me dices cuando nos miramos a la cara (…). Al volver de una calle, por una hilera de capirotes rojos o a la vuelta de un manto, me estará esperando y hará de mí un reloj sin pilas con el corazón parado a la hora en que la candelería gastada le multiplica las lágrimas, un alucinado sin norte que busca una y otra vez por entre los ángulos que dejan los varales para encontrarle la mirada como si no se pudiese respirar sin ella, un eremita en la bulla retirado a contemplarla por mil ángulos y preñado de la misma emoción de aquella primera vez, porque en cada dejarse venir y en cada volver a ver a la Virgen de la Caridad hay un regalo de emociones y deleites nuevos.”

El Domingo de Pasión se acerca en un segundero que se esconde tras del escenario y que tiembla esperando la Fiesta que ya es inminente. La voz del pregonero suena cálida y contundente, como la mirada de aquel Nazareno que nos prendió nada más salir de las gubias de su imaginero inmortal.

Las agujas se ralentizan y sobre la atmósfera acuciante de la escena resuenan los ecos de aquellos que construyeron retablos para sus cofradías como una teoría y una realidad que confluye en mil madrugadas del destierro. “De lo que pasa cuando la vestimos y nos retiramos del mundo bajo el cubrerrostro casi ni se puede hablar, de tan íntimo, humano y divino a la vez, como es lo que sucede en el momento en que la túnica deja de ser un trozo de tela para hacerse coraza espiritual, segunda piel. Es la hora en que separa del mundo y acerca a Dios, el único capaz de mirar en lo escondido del hábito y saber de la fe y de la duda, de la buena voluntad o del error, del empecinamiento o del propósito de enmienda, de la indiferencia o del fervor, de la curiosidad o de la agonía religiosa, con que cada uno se la pone. Para mí, es el momento en que me quedo solo con Aquella que me va abriendo camino, cuando San Pablo se ha vacíado de nazarenos negros, su luz es la única de la iglesia, y bajo la piel de la túnica va apareciendo lo que nos une.”

Y la palabra, justo antes de anunciar epílogo y ser parte del recuerdo de quienes allí estuvieron aquella noche de principios de abril, toma su vigor definitivo para confundirse con el aplauso que recibe Luis Miranda, el cofrade que este año nos trajo la Semana Santa.

“Nos lo anuncia en voz queda, por fin, Nuestra Señora,
que cubre con su manto todo aquello que amamos.
Despertad los sentidos que llevarán al alma
la fe que se derrocha en cirios y varales,
el Amor desbordado inundando las calles.
Inundad los pulmones del fuego del incienso
y abrid el corazón, que ya es Semana Santa.




Fuente: www.hermandadesdecordoba.com

viernes, 8 de abril de 2011

Quinta Angustia

Foto. Paco Román



Nos sumimos en actos; nos perdemos en la atracción regia de un altar de cultos; nos diluimos en el silencio lacerante de un Vía Crucis que rompe la noche con su letanía ancestral, la misma noche que se escribe en plural para ganarle tiempo al día en que llegue la procesión y las Imágenes estén dispuestas como si todo el año estuviesen así. Agotamos todas las energías y suspiramos por un último aliento el día señalado. Escribimos en un folio repetido, macilento, tantos recuerdos que siempre parecen el mismo. Suplicamos frente al ara con la voz trémula del alma y no caemos en la cuenta de que cada Cuaresma trae un recuerdo.

Hay instantes en que la vida parece detenerse. Bajo la piel, ese engranaje perfecto que llamamos anatomía, cristaliza ante el rubor pálido con que nos deja una imagen. Las manos no te tiemblan y ni siquiera los ojos se vuelven vidriosos. El impacto es tal que narrarlo sobra porque es, a todas luces inexplicable. Describir su mirada, sus manos, sus facciones ya se ha hecho. Ahondar en el interior vasto del sentimiento sólo se puede ante Ella, rasgándose las venas entre los versos áureos que cantara Pablo en Quinta Angustia. Observar al Hijo yacente es toparse de bruces con el destino certero de la propia vida y saber que, más allá, entre el tacto frío de la madrugada de nuestro ocaso, habrá una luz tibia que cumpla con la esperanza incorrupta por la que caminó entre sus penumbras nuestra existencia.

En noviembre de 1627 fallecía Juan de Mesa y meses más tarde su legado definitivo llegaba a San Agustín tan joven como la edad que aún no había cumplido. Hace dos días, regresó a San Pablo con casi cuatrocientos años posados sobre su rostro. Invisibles, porque en su cara la mengua no es tal (cómo si alguna vez la hubiese tenido), porque su mirada continúa siendo inexplicable, porque en el Cristo seguimos contemplando nuestro propio estremecimiento. Frente a ella, rejuvenecida, casi podemos situarnos mucho tiempo atrás, vislumbrar como la entregó Juan de Mesa y saber que el recuerdo de esta Cuaresma solo puede ser Ella.

Un Recuerdo


Buscamos la palabra que evoca, la que se predica desde los ambones y posee la gracia –no aprendida- de convertir por la misma fuerza mística con que es propalada. Buscamos la palabra porque en su interior, en su fondo conceptual, se halla la esencia de cuanto somos, de nuestro sentido, de aquello que nos torna diferentes, de lo que nos rodea y define frente a nuestra propia realidad; perseguimos imágenes que construir, frases que se superponen y cobran significado, que nos hagan capaces de retrotraernos en el espacio a fin de construir uno paralelo en el que se definan nuestros recuerdos y cobren la situación que se marchó en su segundo efímero e inexacto de lo que llamamos presente. Soñamos palabras imposibles que se derraman en las noches de vigilia, ideando Cuaresmas imposibles, el axioma exacto donde se reconozca el rostro en que queda depositada la devoción, ensoñando la procesión ideal por la que discurre la vida que, una vez, elegimos para siempre.

Anhelamos la capacidad de proyectar las formas que nuestra mente es capaz de esbozar. Aquellas que se van más allá de lo establecido y que se rigen por la arquitectura del sentimiento; aquellas que se forjan, de llegada a la Compañía, y que intuimos en la fuerza solemne de sus muros, antes de la Fiesta de Regla, del descendimiento de la Cruz, de la Salve que encoge los corazones el Domingo de Pasión y da el prólogo celeste al Viernes Santo. Aquellas que se dibujan en la simetría perfecta de la túnica en las horas interminables que preceden a la procesión.

Perseguimos al tiempo, en una lucha imposible, en la batalla perdida antes de acometerla. La misma que se gana durante cinco horas, de camino a la Catedral, en la catequesis efímera, tras el cristal de la urna. Perseguimos el instante que depositar en el fondo de nuestra alma como un ínfimo y precioso testamento que dejar a nuestros hijos; perseguimos lo imposible porque esa es la virtud que nos hace cofrades y encomendamos nuestra suerte a Él. Y sin embargo, Ella nos aguarda casi siempre para sorprendernos, para regalarnos un solo segundo que vale como la eternidad que se nos prometiera y que esperamos con las manos abiertas al mañana.

No era ocho, estábamos en febrero y habían pasado siete años del día en que se cumplía el 150 aniversario de la proclamación de su Dogma. La Inmaculada, con su cofradía concepcionista al frente, retornaba a la ciudad, a la Catedral. Aun recuerdo lo que me dejó escribir sobre la lluvia que se detuvo, sobre Álvaro de Pizaño, sobre el significado real de las cosas, del amor que no se maquilla en vocablos superfluos, sino extemporáneos. Y aquella certeza, más allá de la piel, de volver a revivir –no la procesión- la sensación de sentirse superado.

No era ocho de diciembre, ni hacía falta que lo fuera, porque, mientras buscamos las palabras, anhelamos proyectar las sombras e intentamos atrapar el tiempo, de repente, en el interior del Salvador sonó Un Recuerdo y las formas se transmutaron, las palabras se ahogaron en la garganta y el tiempo ya no era tal, sencillamente un instante infinito que algún día podremos compartir con alguien.