Las horas pasaban con la mirada perdida en el horizonte, repasando lecturas, vivencias y expectativas. Claudio repasaba el vino de su copa, mientras pensaba en la ciudad como origen y destino de sentimientos invisibles...

domingo, 11 de septiembre de 2011

La ciudad heredada


Resuena el rumor de una letanía más allá de los días en que el frío atraviesa los huesos quebrados de la Pasión. El susurro de un ritual inédito atraviesa con su borde afilado los meses, por las mismas calles –conformadas por cantos y sillares, por muros en los que resbala la cal- donde se guardan los secretos del pasado, con una confidencia que trasciende del mero aspecto de la materia. La vigilia ya no se viste de actos apresurados, de altares superpuestos en las iglesias que recorren la geografía local, de noches que aglutinan y revierten el pulso que aguarda la primavera ancestral, de lutos predichos que esperan que se cumpla el momento. La víspera es repetida y distinta, perseguida en los atardeceres de un cielo que parece ser rasgado por las espadañas de las torres que delinearon los Hernán Ruiz, por los Triunfos del Custodio omnipresente que, desde la Basílica del Juramento, aún advierte de la pervivencia de su promesa a Roelas, a la ciudad heredada.

Desde San Juan de Letrán a la Portería de Santa María de Gracia, desde San Lorenzo a la Catedral, el verano camina por esa vigilia, por esa víspera que culminará en septiembre. En el tabernáculo de Santa María de la Asunción, en su capilla, la Imagen irradia los rezos –presentes, futuros y pretéritos- que frente a ella fueron depositados como el tesoro más preciado de quienes, alguna vez, los imprecaron.

En San Juan de Letrán, la plaza guarda en su atmósfera la esencia de cuanto se narra en los volúmenes que establecen la crónica de la urbe y, aun en la ensoñación del anochecer, casi parece vislumbrarse el hospital que llevaba su nombre.

En San Lorenzo los preparativos silentes visten las vísperas de cultos, flores, bordados, ensayos y cera como la rogativa atávica que se pierde en el sedimento donde reposan, siglos y hermandad, más allá de 1479.

En la Portería de Santa María de Gracia, la cerámica invoca a la calle con un nombre –el de Nuestra Señora-, que, si bien posee la novedad del reconocimiento, no es más que la constatación misma de los años que la contemplan y la convirtieron en Copatrona de todos los cordobeses.

Este año, cuando Nuestra Señora de Villaviciosa vuelva a cruzar el umbral de su oratotio fernandino, una calle llevará su nombre. Y, tal vez, este hecho no le aporte nada a su procesión, al sentido estético y cultual que sus hermanos –durante siglos- han ido amasando entre vísperas que se guardan en la memoria del estío. Pero, quizá, en su orden simbólico, Nuestra Señora de Villaviciosa suponga mucho más que una nueva dirección en el callejero para ser concebida como parte esencial del patrimonio devocional de la ciudad heredada.

viernes, 9 de septiembre de 2011

En tus manos


Quizá fue en una noche tibia, cuando la primavera nos abrazaba, sin ser plenamente conscientes de lo que la vida esperaba de nosotros. Quizá fue esa fugaz luna de mayo, siempre mayo, que nos miraba como nunca lo había hecho antes; como siempre quiso y sólo se atrevió a susurrarlo. Porque los besos se susurran al oído y se presienten en el tacto frío de las horas que dejamos pasar como parte de nuestra historia inacabada. Siempre pendiente de un nuevo capítulo.

Por las calles se dibujaban otros días. En el blanco y negro de otro tiempo, de otra devoción que nunca se rompió del todo. Desde el Santuario a Ordoño Álvarez no se intuían los acordes y boatos de una procesión ritual, sino la vida que renace el ocho, el día de la Natividad de María. Nuestra Señora de la Fuensanta volvía a su barrio, a la ciudad de la que es patrona, a las cofradías que guarda, y no por una fecha señalada, por la más señalada que es la suya propia. Ya no había que aguardarse tras los muros, sino romper con su Salve la mañana, con su himno la plaza, con su desfile la urbe a la que se mostró hace ya seis siglos.

En las manos no sólo había campanitas, sino el cosquilleo sutil de los días que estuvimos esperando; el roce terso de la piel que se tensa en un instante definitivo; la caricia suave de la mañana en que nos encontramos; el rumor de nuestras yemas arrullando el halo invisible de un amor perdido y reencontrado; las líneas de nuestro destino predicho en cada palma como un augurio imposible. Y, en tus manos, algo tan sencillo y grande como la caricia de este ocho de septiembre.


Fuente: www.hermandadesdecordoba.com

domingo, 17 de julio de 2011

Esperando la coronación


Por la geografía se eleva, como una plegaria al viento, una forma singular de sentir la fe. Por los puertos del alma, por el mar infinito del espíritu, la noche comienza a caminar entre el rito sobrevenido de lo que fue, de cuanto se repitió y, a la vez, siempre fue distinto. La Salve se reiteró en los altares efímeros, alumbrados por una tibia luna que parece acariciar el rostro sereno de Nuestra Señora; la misma a la que se mira desde las aceras perplejas del instante, a la que se canta desde las melodías perennes de Gámez, Braña o Morales.

Desde las puertas del convento de San José parecía adivinarse la víspera; parecían contarse los meses, las semanas, los días, las horas, los minutos y segundos que restan para su coronación; casi se tocaba la ilusión contenida del tiempo trabajado para cuando se produzca el instante –casi mágico- en que Nuestra Señora del Carmen sea coronada.

Y, de ese modo, entre el anhelo sutil y silente de cuanto aguarda, la Virgen del Carmen se encontraba con su cita anual con la ciudad. Por San Cayetano, Santa Marina y san Agustín, una vez más, la urbe cambiaba su fisionomía para atestiguar su verdadero secreto, ese que se susurra al paso de sus cortejos procesionales o –tras las imponentes fachadas de los oratorios- cuando el culto se hace liturgia y la religión de sus habitantes se encuentra en el poso particular de la propia alma, de aquello que no contamos porque apenas podemos definirlo más allá de la palabra fe.

Luego, la crónica repetida; los recuerdos y sensaciones que se guardan en el placard de otro verano más que la vio; las notas del himno que compusiera Luis Bedmar flotando por la cuesta como si la salida se repitiera una y mil veces en la memoria. La procesión concluye y ya no resta más que la vigilia del momento esperado. La próxima vez que la veamos irá camino de la Catedral a su cita con la historia.

Fuente: www.hermandadesdecordoba.com

domingo, 10 de julio de 2011

Impresiones Cordobesas


Suena la música y se abre la emoción de una expectativa. Suena la música y la mente se pierde en horizontes tan distintos y cercanos como los de los sueños de la infancia, la ilusión de la niñez devuelta en una pieza de, poco más, de tres minutos. Suena la música, la que alcanza lo profundo, y la composición reverbera en la perfección con que la escuchamos sin preocuparnos en cómo está escrita o cuántos borrones se dejaron a sucio sobre el pentagrama. Suena en el reproductor y casi pensamos que sale de un viejo transistor que resistió a la tecnología porque los acordes, alineados en su mística singular, siempre sobreviven a la condena del tiempo.

Lucena, Martínez Rücker, Beigbeder, los Font, Goméz Zarzuela, López Farfán… forman una estirpe de rostros anónimos, de sinfonías que se encuentran en un sustrato invisible más allá de la piel, y que forman un camino que recorren los siglos diecinueve y veinte para concluir en Braña, Morales, de la Vega o Gámez. Y, precisamente, Pedro Gámez Laserna –aunque nos desviemos del mero orden cronológico- constituye un cenit en la música popular cordobesa.

Popular y no sólo procesional, porque en Córdoba, además de la marcha oficiosa de la ciudad, ideó sus Impresiones armónicas de la urbe e, incluso, una copla a La Virgen de los Faroles que hace apenas unos días pudo escucharse en el Círculo de la Amistad. Un concierto, dirigido por Francisco Javier Gutiérrez Juan, que puso una vez más de manifiesto la importancia que los cofrades otorgan a la música, como medio, pero –y sobre todo- como fin para alcanzar y atesorar aquello que los convencionalismos denominan cultura.

Pedro Gámez se ha convertido en uno de los emblemas musicales de la Córdoba del último medio siglo. Un abanderado que, como tantos otros –dígase José de la Vega, por ejemplo-, necesitó de la inexplicable distancia del tiempo para ser reconocido, aplaudido, aclamado y reivindicado. Alguien me dijo una vez que la música es una de las artes mayores porque es capaz de transportarnos hacia Dios. Y no le faltaba razón porque en cualquier concierto bien ejecutado, en cualquier templo, con cualquiera de las obras mayores, adornan con su carácter sublime lo eterno. Pedro Gámez consiguió esa difícil cualidad, pero también a través de sus composiciones fue capaz de vencer a la realidad y conducirnos a un universo donde todo es posible y donde abandonarse a sensaciones que, por cercanas, nunca se han vivido.

miércoles, 6 de julio de 2011

Iglesias de Córdoba

Entendemos la ciudad en su forma material, espiritual y metafísica. Desde el aspecto formal que la conforma hasta el sancta santorum que guarda en su entraña misma, tras los altares donde se erigen arquitecturas que transitan desde el neobarroco a las formas romanas que recuerdan a los mausoleos de Bernini.

Entendemos que una ciudad va más allá del mero entramado urbano, que se encuentra en su historia y que, parte esencial de ella, está en sus templos religiosos. Si tuviésemos que realizar una definición de Córdoba, por extensión y complejidad, nos ocuparía bastantes entradas de este blog y habríamos de consultar no sólo a expertos en la materia, sino también a quienes son parte de la misma. 

Sin embargo, una fragmento imprescindible de la explicación de sí misma se encuentra en los oratorios y capillas que se distribuyen por la urbe como testigos privilegiados de su pasado, presente y futuro. Desde la Catedral a las parroquias de construcción contemporánea, Juan José Primo Jurado recorre en "Iglesias de Córdoba" el alma de una ciudad que se expresa en la profesión de fe que llega hasta nuestros días y que él -uno de los autores actuales imprescindibles para conocer la historia viva de la capital del Guadalquivir- ha sabido captar en esta obra necesaria para cuantos queremos ahondar en el espíritu guardado de aquello que entendemos por ciudad.